Era muy sencillo. En Al pie del cañón, mi anterior blog, trataba de ordenar cada cierto tiempo ideas en torno
al mundo de la inteligencia para la seguridad y la defensa desde sus muy
diversas perspectivas y enfoques. Y a veces se colaban contenidos colaterales
que eran más propios de la historia social de la cultura escrita. Pero entre
mis intereses de estudio hay otros muchos aspectos que poco o nada tienen que
ver con los Intelligence Studies y sí
con una perspectiva más personal que se orienta hacia la creatividad vinculada
al universo de lo escrito, de la letra y sus posibilidades tanto expresivas
como emocionales, dentro de procesos de comunicación que aglutinan desde la
paleografía a la historia social de la cultura escrita, las habilidades
caligráficas o el porqué de un mundo que, para mí, tiene forma de letra.
Al pie de las letras es aún más personal, más breve en sus contenidos, más ágil y derivado, como digo arriba, de algo que es resultado de la mezcla de muchas cosas pero que tienen un denominador común: mi interés por el Universe of lettering en sus más variadas acepciones. Claro que también incluyo, como no podía ser menos, cuestiones relativas a las prácticas, resultados y representaciones de la escritura desde una perspectiva, repito, muy personal y alejada por tanto de los modelos comunicativos más académicos al uso. No faltarán menciones a libros, lecturas, papeles acumulados, a mi colección de documentos, a tipologías documentales que completan estanterías y cajas, etc.
Empecé a pensar en este blog el
pasado jueves (6 de diciembre). Le di vueltas y forma mientras leía la prensa y
la casualidad caprichosa y sorprendente hacía coincidir dos obituarios. El
mismo día 5 fallecían dos genios, dos creadores, dos nombres que dejaron huella
en sus respectivos campos de actividad. Además, los dos han muerto longevos
(104 y 92 años respectivamente) y nos dejan obras cumbres tanto de la
arquitectura como de la música. Me refiero al arquitecto brasileño Oscar
Niemeyer y al compositor y músico de jazz estadounidense Dave Brubeck.
Se da la circunstancia, además, de que estos dos
nombres están muy asociados a mi recuerdo infantil y juvenil. Aquellos dictados
escolares, aquellos libros de lecturas dispares incluían textos muy
variopintos, que iban desde capítulos de obras sobre animales salvajes hasta
fragmentos de novelas o ensayos que aún no entendíamos. No olvidaré nunca que
en uno de ellos aparecía el nombre de Niemeyer asociado para siempre a Lucio
Costa y la gesta urbanística y arquitectónica conseguida en la ciudad de
Brasilia. No sé por qué, pero aquellos nombres me los aprendí muy pronto. Mientras,
el Dave Brubeck Quartet me acompañó en aquella edad de los 17-18 años en que yo
consumía cantidades verdaderamente
descomunales de música y cine. En aquella benemérita (y ya desaparecida)
emisora de Radio 80 serie oro, escuché decenas de veces los compases del
insuperable Take Five, con Paul
Desmond al saxo.
Han muerto, por tanto, dos
creadores el mismo día y, además, en la misma semana en que conmemorábamos en
Aragón el quinto centenario del nacimiento de otro gran nombre: el historiador
Jerónimo Zurita, el primero de la Corona de Aragón (1548), cumbre de la
historiografía de los siglos modernos. Por invitación de Heraldo de Aragón, escribí unas páginas a propósito de la
vinculación entre archivo y construcción historiográfica.
El caso es que, ahora, sentado
frente a la Puerta de Alcalá en un sitio agradable que no conocía llamado
[H]arina y cuyos desayunos recomiendo vivamente, pienso sobre los procesos de
creación y qué mueve al ser humano a configurar espacios de belleza única, a generar
ritmos y notas para producir melodías o para acumular libros, documentos y
manuscritos y ordenar así el pasado y generar una obra imperecedera. En suma,
crear, innovar, vivir!. Los resultados de esa creatividad son ejemplos señeros
de cada momento, testigos de cada época que heredamos y disfrutamos nosotros. Pero,
a veces, los testimonios más cotidianos y menos solemnes (como por ejemplo, una
carta anónima) nos sobrecogen aún más y nos transportan a un mundo ya
desaparecido pero que podemos recrear y revivir.
En suma, historias de éxitos, de
reconocimientos y laureles por la obra, hecha arte imperecedero aún cuando sus
autores desaparecen. Desaparecen y, en algún caso, tienen todavía tiempo y coraje
para reflexionar sobre el mismo proceso de desaparición y muerte. Hace falta
una gran fortaleza de espíritu para anotar, comentar y reflexionar con lucidez
sobre la muerte cuando uno se está muriendo. De ahí que vincule en estos días
dos lecturas de otros dos grandes colosos contemporáneos: Susan Sontag (Un mar de muerte, escrito por su hijo
David Rieff) y Christopher Hitchens (Mortalidad).
Los dos fallecieron por cáncer y los dos nos legaron dos libros que constituyen,
a mi juicio, una hondísima lección de cómo dos pensadores y creadores
intelectuales de primera fila afrontan la muerte. Su muerte. Los tengo ahora
encima de la mesa, para hacer uno de esos ejercicios de comparación de textos
afines que tanto me gusta llevar a cabo de vez en cuando.
Por eso y para terminar, la tercera
noticia del día sumaba otro punto de tristeza a la idea de desaparición, extinción y
muerte. El mismo día que morían estos dos grandes creadores, en la playa de la Concha de San
Sebastián, una majestuosa ballena Rorcual de veinte metros, quedó varada. Allí,
sin posibilidad de salvamento y tras unas horas de agonía, murió. ¿Y qué queda
de la ballena cuando muere, además de la fotografía llena de lirismo y
silenciosa solemnidad? Queda, como ya nos regaló Eco, su nombre.
Bienvenidos por tanto y
simplemente situémonos al pie de esas letras que marcan el ritmo de vidas y
quehaceres, sueños y anhelos.
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