lunes, 10 de diciembre de 2012

A un viejo álbum de postales



Domingo de rastro ayer. Frío. Mucho frío. También mucho sol, para compensar. A las 7 no se ve nada, así que las linternas se mueven nerviosas, de aquí para allá, proyectando haces difíciles de seguir. Imagino divertido qué pensaría alguien desde un globo si estuviese contemplando la escena: los de abajo buscando, escarbando, rastreando con cientos de luces alocadas y los puntos de luz moviéndose sin control y los de arriba preguntando: ¿pero qué hace esa gente a esas horas un domingo?

A media mañana, poca cosa. Apenas tres libros nuevos. En San Bruno hay más suerte y encuentro este precioso álbum de postales francesas. Están escritas y fechadas entre los años 1914 y 1918 principalmente, aunque también se incluyen algunas de los años 80. ¿De dónde procede? Ni idea. ¿Quién coleccionó tantas postales? No se sabe. Y de nuevo, como tantas otras veces, la fortuna de lo escrito pone en mis manos una pieza singular que llevo ya como preciado tesoro bajo el brazo, para que se reúna con sus compañeros de papel y cartón, en singular fraternidad coleccionista de tinta y sueños. 





Ya tengo varios de estos álbumes de tarjetas postales. Son siempre muy vistosos y ofrecen, por contraste con nuestra época electrónica, una triste reflexión sobre la pérdida de costumbres que apenas diez años atrás eran herederas de la tradición más secular: escribir cartas, enviar mensajes en hojas de papel de calidad, elegir la postal más adecuada para la ocasión de entre un insondable catálogo de modelos, recuperar el lento ritual del sobre, el sello, el remitente y depositar suavemente la carta o la postal en la boca del buzón de correos… Otro día hablaré de esto y de las sensaciones que me suscita. De momento, paso el domingo feliz, revisando antiguas letras, pequeños mensajes llenos de afecto epistolar de un francés a su francesa, retazos de vidas anónimas condensadas en alegres cartulinas coloreadas y arquetípicas de unos años marcados indeleblemente por la influencia gráfica y tipográfica del modernismo francés. 







Diego NavarroB.

¿Para qué este blog? Orígenes de la idea




Era muy sencillo. En Al pie del cañón, mi anterior blog, trataba de ordenar cada cierto tiempo ideas en torno al mundo de la inteligencia para la seguridad y la defensa desde sus muy diversas perspectivas y enfoques. Y a veces se colaban contenidos colaterales que eran más propios de la historia social de la cultura escrita. Pero entre mis intereses de estudio hay otros muchos aspectos que poco o nada tienen que ver con los Intelligence Studies y sí con una perspectiva más personal que se orienta hacia la creatividad vinculada al universo de lo escrito, de la letra y sus posibilidades tanto expresivas como emocionales, dentro de procesos de comunicación que aglutinan desde la paleografía a la historia social de la cultura escrita, las habilidades caligráficas o el porqué de un mundo que, para mí, tiene forma de letra.




Al pie de las letras es aún más personal, más breve en sus contenidos, más ágil y derivado, como digo arriba, de algo que es resultado de la mezcla de muchas cosas pero que tienen un denominador común: mi interés por el Universe of lettering en sus más variadas acepciones. Claro que también incluyo, como no podía ser menos, cuestiones relativas a las prácticas, resultados y representaciones de la escritura desde una perspectiva, repito, muy personal y alejada por tanto de los modelos comunicativos más académicos al uso. No faltarán menciones a libros, lecturas, papeles acumulados, a mi colección de documentos, a tipologías documentales que completan estanterías y cajas, etc.



Empecé a pensar en este blog el pasado jueves (6 de diciembre). Le di vueltas y forma mientras leía la prensa y la casualidad caprichosa y sorprendente hacía coincidir dos obituarios. El mismo día 5 fallecían dos genios, dos creadores, dos nombres que dejaron huella en sus respectivos campos de actividad. Además, los dos han muerto longevos (104 y 92 años respectivamente) y nos dejan obras cumbres tanto de la arquitectura como de la música. Me refiero al arquitecto brasileño Oscar Niemeyer y al compositor y músico de jazz estadounidense Dave Brubeck. 

Se da la circunstancia, además, de que estos dos nombres están muy asociados a mi recuerdo infantil y juvenil. Aquellos dictados escolares, aquellos libros de lecturas dispares incluían textos muy variopintos, que iban desde capítulos de obras sobre animales salvajes hasta fragmentos de novelas o ensayos que aún no entendíamos. No olvidaré nunca que en uno de ellos aparecía el nombre de Niemeyer asociado para siempre a Lucio Costa y la gesta urbanística y arquitectónica conseguida en la ciudad de Brasilia. No sé por qué, pero aquellos nombres me los aprendí muy pronto. Mientras, el Dave Brubeck Quartet me acompañó en aquella edad de los 17-18 años en que yo consumía cantidades verdaderamente  descomunales de música y cine. En aquella benemérita (y ya desaparecida) emisora de Radio 80 serie oro, escuché decenas de veces los compases del insuperable Take Five, con Paul Desmond al saxo.



Han muerto, por tanto, dos creadores el mismo día y, además, en la misma semana en que conmemorábamos en Aragón el quinto centenario del nacimiento de otro gran nombre: el historiador Jerónimo Zurita, el primero de la Corona de Aragón (1548), cumbre de la historiografía de los siglos modernos. Por invitación de Heraldo de Aragón, escribí unas páginas a propósito de la vinculación entre archivo y construcción historiográfica.

El caso es que, ahora, sentado frente a la Puerta de Alcalá en un sitio agradable que no conocía llamado [H]arina y cuyos desayunos recomiendo vivamente, pienso sobre los procesos de creación y qué mueve al ser humano a configurar espacios de belleza única, a generar ritmos y notas para producir melodías o para acumular libros, documentos y manuscritos y ordenar así el pasado y generar una obra imperecedera. En suma, crear, innovar, vivir!. Los resultados de esa creatividad son ejemplos señeros de cada momento, testigos de cada época que heredamos y disfrutamos nosotros. Pero, a veces, los testimonios más cotidianos y menos solemnes (como por ejemplo, una carta anónima) nos sobrecogen aún más y nos transportan a un mundo ya desaparecido pero que podemos recrear y revivir.





En suma, historias de éxitos, de reconocimientos y laureles por la obra, hecha arte imperecedero aún cuando sus autores desaparecen. Desaparecen y, en algún caso, tienen todavía tiempo y coraje para reflexionar sobre el mismo proceso de desaparición y muerte. Hace falta una gran fortaleza de espíritu para anotar, comentar y reflexionar con lucidez sobre la muerte cuando uno se está muriendo. De ahí que vincule en estos días dos lecturas de otros dos grandes colosos contemporáneos: Susan Sontag (Un mar de muerte, escrito por su hijo David Rieff) y Christopher Hitchens (Mortalidad). Los dos fallecieron por cáncer y los dos nos legaron dos libros que constituyen, a mi juicio, una hondísima lección de cómo dos pensadores y creadores intelectuales de primera fila afrontan la muerte. Su muerte. Los tengo ahora encima de la mesa, para hacer uno de esos ejercicios de comparación de textos afines que tanto me gusta llevar a cabo de vez en cuando.



Por eso y para terminar, la tercera noticia del día sumaba otro punto de tristeza a la idea de desaparición, extinción y muerte. El mismo día que morían estos dos grandes creadores, en la playa de la Concha de San Sebastián, una majestuosa ballena Rorcual de veinte metros, quedó varada. Allí, sin posibilidad de salvamento y tras unas horas de agonía, murió. ¿Y qué queda de la ballena cuando muere, además de la fotografía llena de lirismo y silenciosa solemnidad? Queda, como ya nos regaló Eco, su nombre.

Bienvenidos por tanto y simplemente situémonos al pie de esas letras que marcan el ritmo de vidas y quehaceres, sueños y anhelos.